El Amigo Americano: Tom Ripley y el agujero negro de la personalidad

Aviso: voy a hacer algo imperdonable – voy a revelar el final de un policial, completo con criminal, victima y motivos para el asesinato. Si bien El Talentoso Sr. Ripley no es un policial tradicional, ni siquiera un policial negro tradicional, los que no hayan visto la película y quieran ser sorprendidos por favor peguen media vuelta y no sigan leyendo.
Tom Ripley es una figura fascinante – carismático, inmoral, un monstruoso asesino y estafador, capaz de hacer cualquier cosa para salirse con la suya en las novelas de Patricia Highsmith. El Ripley de la película de Anthony Minghella es algo distinto, aunque no menos fascinante: por empezar, lleva el fresco e inocente rostro de un joven Matt Damon con un par de anteojos ridículos y, cuando lo conocemos por primera vez, es de suponer que nunca ha matado a nadie.
Tom es un don nadie, un sujeto agradable, culto y educado, pero a la larga poco llamativo – su mayor habilidad y terrible carga es ser un cero a la izquierda, ser quien su interlocutor desee que sea, ser cualquier otro, pero nunca él mismo. Gracias a una chaqueta prestada, a Tom lo confunden por un miembro de la elite, y el multimillonario Sr. Greenleaf lo envía a Italia – todos los gastos pagos – a intentar recuperar a su único hijo, el malcriado Dickie (Jude Law), que se dedica a gastar la fortuna familiar en la soleada Mongibello. Ya en estas primeras escenas en Estados Unidos apreciamos los tres grandes talentos de Tom: mentir con una soltura impresionante, falsificar firmas, e imitar a cualquier persona.
Tom no es el único actor en una película obsesionada con el engaño y las apariencias: Dickie también es un performer, un nuevo rico americano dándose la Dolce Vita con el dinero de papi, rodeado de un harem de amantes, amigos y aduladores (las categorías, se entiende, se confunden permanentemente con deliciosa y perversa ambigüedad) que incluyen a su rubia y glamorosa novia Marge (Gwyneth Paltrow), el artista adinerado Peter Smith-Kingsley (Jack Davenport) y el despreciable - pero muy astuto - Freddy Miles (Philip Seymour Hoffman), que pasa sus días en Roma manejando convertibles rojos y tirando manteca al techo. El idilio de Tom con Italia, y con la existencia decadente e irresponsable que Dickie disfruta, pronto se torna enfermizo… detrás de las soleadas postales de playas italianas esta el juego de las apariencias de las que todos los personajes participan: un mundo donde los chicos pobres como Tom juegan a ser ricos, las chicas ricas como Meredith (Cate Blanchett) desprecian el dinero de sus padres mientras se lo gastan con impunidad, los chicos heterosexuales como Dickie juegan a ser gays, y los ricos americanos juegan a ser italianos, saludándose con dos besos y bronceándose en la playa. Nadie tiene tanto carisma, tanto magnetismo como el narcisista Dickie, que engaña a Marge tanto con una jovencita italiana como con (se sugiere) Tom, hambriento de dinero, prestigio, y – principalmente – afecto.
Pero Tom, incapaz de decidirse si desea a Dickie o ser Dickie, resulta ser el mejor actor de los dos. El asesino devora al objeto de deseo (¿deseo romántico o económico? Hasta eso es debatible - Ripley bien podria ser una historia sobre envidia y lucha de clases, o una metafora sobre ser homosexual y en el closet en los 50)… Dickie, que es al mismo tiempo hermano, amigo y amante, es asimilado a Tom, que lo mata a golpes en una escena de sorprendente brutalidad, y con frialdad asombrosa se apodera de su nombre, su dinero y su pasaporte. Si no puede tener a Dickie… tendrá que convertirse en él. Por que ama a Dickie, pero se odia a si mismo, piensa que si se transforma en Dickie podria llegar a amarse. Deliciosamente perverso, ¿no?
En la novela, Ripley mata porque puede, y porque quiere. Es una criatura subversiva y fascinante, pero inhumana en su perversidad. El Ripley de la película es más accesible, y paradójicamente más repelente. Tom puede ser muchas cosas, porque en el fondo no es nadie. Es una mezcla extraña de Jay Gatsby y Norman Bates, una perversión del sueño americano de auto-realizacion, arrebatando poder y privilegio de las manos de la sociedad que lo ha despreciado, pero en el fondo despreciandose a si mismo. Tom, como cualquier otra persona, busca ser amado, pero no podra conseguirlo nunca mientras siga odiandose a si mismo – es difícil no simpatizar con él, tan adolescente en su inseguridad patológica, tan fascinado por la vida glamorosa de Dickie como la audiencia misma. Porque nos vemos en él, su monstruosidad nos resulta más aberrante. La película misma lo fragmenta y lo destruye, atrapándolo y deformándolo en multitudes de espejos: la personalidad de Ripley es un agujero negro, una pesadilla digna de Hitchcock. El sótano oscuro del inconsciente donde tiramos nuestros secretos y los encerramos bajo llave. Tom esta al mismo tiempo aterrorizado y desesperado por la posibilidad de entregarle esa llave a alguien, por abrir la puerta y dejar entrar la luz. Hay una espantosa honestidad sobre el final, cuando Tom admite a Peter - para entonces su amante - que la triste verdad es que va a quedarse solo, encerrado en la oscuridad del sotano, para siempre. Ni Ripley mismo sabe que hay detras de la mascara. Finalmente nuestro anti-heroe le escapa a la ley, pero – ¿imposición moralista del guión? – no podra nunca escaparse de si mismo.
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