Compras desesperadas, papelones y estrategias de supervivencia...
Todos los años llegado Abril, cuando las hojas caen de los árboles y ya empieza a ser hora de airear los sweaters de lana para sacarles el olor a encierro y naftalina, me pongo un buen par de zapatillas, una mochila vacía al hombro y una billetera con mis humildes ahorros en el bolsillo y marcho rumbo a la Rural. Media hora de tren, y media hora de subte después, estoy en Plaza Italia, que visito religiosamente al menos una vez al año, haciendo esa cola (¡de proporciones épicas!) con una gran sonrisa en el rostro, y muchas, muchas ganas de comprar.
Ya estar en la fila para entrar al Imperio del Consumismo Desesperado (que evento cultural ni que ocho cuartos, la Feria del Libro es para GASTAR, y lo hago con mucha honra y sin engañarme al respecto) es una experiencia. El sábado por la tarde tenia una parejita joven, de unos 25 años, charlando detrás mío, los dos muy prolijos, intelectuales y bien coordinados con sus anteojitos y poleras negras haciendo juego. Era como estar atrapada en Annie Hall, cuando Allen y Keaton están haciendo fila para entrar a ver una película extranjera y a Allen lo saca de quicio la charla pretenciosa de la pareja de atrás. Hablaban de escritura, él corrigiéndole el manuscrito de un cuento usando terminología de Critica Literaria Para Principiantes mientras yo revoleaba los ojos y pensaba “¿Por qué no escuchare más conversaciones como esta en la vida real?” Pero bueno… para los que no estudiamos Letras, esas conversaciones son una simpática curiosidad, una postal de Feria.
Una vez adentro, claro, no le presto atención a la gente que me rodea (vaya sola o acompañada): solo tengo ojos para los libros. Me sale la compradora compulsiva de adentro: las consideraciones practicas de tipo “¿para que podría servirme una Guía Ilustrada de Dublín si no tengo ni para irme de vacaciones a Mar del Plata?” son ignoradas. La única consigna es comprar material de lectura para – como mínimo – tres meses (y tengamos en cuenta que leo mucho, así que para material de lectura para tres meses tengo que hacer dos viajes a la feria, o contratar un cargador).
Después de años y años de ir religiosamente a la Feria, una desarrolla ciertas técnicas para no gastarse todo el dinero en los primeros 30 minutos: una de ellas es recorrer todos los pasillos, siempre con cuidado de no saltearse ningún stand, siempre levantando la vista de las góndolas y las mesas de exhibición para ver donde estas parada, en que calle, en que pabellón, que te falta recorrer, donde dejaste ese libro de Dostoievski que estaba seis pesos para irlo a buscar al final si todavía te queda para una ultima compra y vuelto para un colectivo y una llamada telefónica en caso de emergencia. A mi amiga Maira, la única reincidente capaz de tolerarme mas de una vez cuando estoy en pleno Tour de Compras, le da algo de risa mis intentos de autocontrol y mi metódica precisión a la hora de caminar por los pasillos – pero, como le recuerdo siempre, no quiere verme absolutamente descontrolada, vaciando el monedero de la abuela pagando libros con monedas de diez centavos, corriendo por todos lados como una desesperada, arrastrando bolsas por ahí. Realmente doy miedo. Sino, solo tiene que recordar cuando vi el quinto libro de la saga de Aubrey & Maturin de Patrick O´Brian (saga de aventuras históricas que me apasiona), que creía agotado en el país… había tenido la pésima idea de aceptar un chupetín de regalo (parecía una nena de 5), tenia las manos ocupadas por todo lo que había comprado, no podía hablar claro, y me emocione tanto que para llamar la atención de mi amiga no tuve mejor idea que empezar a golpear la tapa del libro con la mano en un ataque de euforia mientras llamaba: “msfdghh maiff mhira esshtchooo!” Aparentemente toda la performance recordaba vagamente a Cheeta avisándole a Tarzan que encontró bananas, según declaraciones de mi amiga, que casi se cae al suelo de la risa. Costo bastante recuperar mi dignidad, terminar el dulce, y civilizadamente preguntarle al vendedor (de labios apretados, que por razones obvias no me miraba a los ojos para no tentarse el también) cuanto costaba el hallazgo.
Dejando a un costado los papelones, me traje a casa un botín mas que interesante: las Obras Completas de Oscar Wilde en ingles, el mencionado libro de O´Brian, dos novelas de la genial Margaret Attwood, dos clásicos de mi infancia en una edición bellisima, tapa dura, ilustrada y en idioma original de Mujercitas y Anne of Green Gables (“literatura rosada para nenas de 11” me recuerda Maira, que a esa edad prefería a Mark Twain y Alejandro Dumas), algo de literatura japonesa (a ver que tal escribe Haruki Murakami) y mil cosas más…
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